"En los últimos 8 años lo hemos perdido todo, menos la esperanza"

Crecer en un ambiente humilde ha convertido a esta mujer en una persona más fuerte y segura.

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Nunca habría imaginado que los problemas que mis padres afrontaron en el pasado me afectarían como adulto hoy en día. Mis padres no eran precisamente unos privilegiados, igual que sus padres o mis abuelos. Pero era difícil aceptar que éramos pobres porque nunca lo vi de esa manera. Teníamos todo lo que necesitábamos: comida, ropa y una casa en la que dormir. Solo que no era suficiente.

Cuando era niña, mi madre me llevaba a comprar la ropa del colegio al sótano de una vieja iglesia. Recuerdo esconderme entre las camisas y asegurarme cada cierto tiempo que ella estaba cerca. Aquella sala estaba llena de mujeres que rebuscaban entre las perchas de metal con auténtica ansiedad como si de una carrera se tratara, haciéndolas chocar y provocando un sonido tan desagradable que todavía hoy me produce escalofríos cada vez que lo recuerdo.

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La mayoría de las veces nadie se enteraba de que yo merodeaba por ahí escondida, pero cuando alguna de aquellas mujeres me pillaba, nos mirábamos de manera pícara y cómplice mientras cada una seguíamos a lo nuestro. Uno de los recuerdos que tengo de una pequeña ventana rectangular que estaba en el techo de la iglesia y daba a la calle. Cada vez que llovía, las gotas se deslizaban por el cristal, como mis lágrimas. Aunque era pequeña, sabía que merecíamos algo más que uniformes de segunda mano y, juré que cuando fuera mayor, no acabaría como mi madre.

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Mi madre se preocupaba por el futuro, especialmente cuando se trataba de dinero. Ella estaba convencida del dicho "Te critican si lo haces y si no lo haces también" y esa era su manera de aceptar la realidad. Me enseñó cómo ir a la parte de atrás de los supermercados donde nadie compraba porque ahí es donde guardaban la comida que se iba a poner mala. En todos los años que viví con ella, nunca pagó el precio total de algo, todo lo que nos daban, eran donaciones o cosas recicladas o productos de segunda mano. Era nuestro día a día.

Privarnos de cosas era diferente en los años 70. Lo llamábamos "clase media". Era un momento en el que no perdías la esperanza. Aunque éramos unos niños, sabíamos que no podíamos pedir a nuestros padres algo que no se pudieran permitir. Y cuando llegaban las vacaciones o nuestros cumpleaños y mi madre nos decía que podíamos elegir lo que quisiéramos del catálogo de Sears, ese "quisiéramos" estaba limitado a lo "razonable". Para mí, una de las cosas más difíciles que recuerdo de mi niñez, era no elegir nada caro de aquel catálogo para no presionar más a mis padres.

Mis padres lo hicieron lo mejor que pudieron, pero nunca me animaron a seguir con mi educación, que es algo de lo que siempre me he arrepentido. De hecho, yo creo que tenían miedo de que los gastos supusieran un gasto enorme si no me daban una beca, ya que ninguno de los dos fue a la universidad. Ellos hicieron lo único que sabían hacer: sobrevivir. Aunque no les culpo, creo que las cosas hubieran sido diferentes para mí, si me hubiera centrado en acabar mis estudios e ir a la universidad, en lugar de conseguir un trabajo como recepcionista. Quizás el haber hecho una carrera me hubiera aportado la seguridad que me faltaba para lograr mi sueño, en lugar de pensar en él durante 20 años sin ninguna motivación.

"En los últimos 8 años, lo hemos perdido todo menos la esperanza."

El tren de la pobreza sigue avanzando hasta que no te bajas de él. Mi madre tiene ahora más de 70 años y sigue trabajando para tener un techo bajo el que vivir. Tiene una casa bonita y todo lo que necesita, pero igual que hace 40 años, sigue sin ser suficiente. Aún así, nunca se rinde.

Cuando mi marido perdió su trabajo en 2007, nunca imaginé que terminaría en el mismo sitio en el que estaba cuando era niña: viviendo un mundo de falsas expectativas en una casa pequeña que apenas podíamos mantener. En los 8 años anteriores, lo habíamos perdido todo, pero como mi madre, nunca perdí la esperanza.

Aunque más que la esperanza, la seguridad es lo que entra en juego. Durante mucho tiempo, me faltó la confianza para superar mis inseguridades, lo que me ha mantenido fría como el hielo, hasta ahora

Esperanza y seguridad son parecidas, pero sólo una de ellas te permite enfrentarte de cara al miedo. Este pasado año, por ejemplo, he intentado exprimir mi potencial y vivir mi vida al cien por cien.

Ya no espero que mis esfuerzos se vean recompensados. Y en cuanto a nuestra hija, irá a la universidad. Ahora mi misión es asegurarme de que ella sea económicamente independiente y segura de sí misma para tener éxito en la vida, aunque eso signifique que yo tenga que pasarlo mal para que ella lo consiga. Si juego bien mis cartas, ella aprenderá de mis errores y nunca sabrá lo que es vivir de la caridad de los demás.

En nuestra casa la expresión "no puedo" es una desconocida para mi hija.