"Dejé de intentar parecer más joven y aprendí a quererme tal y como era"

Esta periodista americana nos relata cómo empezó a tener más seguridad en sí misma cuando asumió su edad.

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Cuando tenía doce años, rellenaba mi sujetador con calcetines para parecer mayor. A los 16, me pintaba como una puerta, daba mucho volumen a mi pelo y caminaba de puntillas intentando aparentar la edad suficiente para entrar en las discotecas. Con 29, ya me aterraba la treintena, cuando me vi la primera cana, me faltó tiempo para esconderla con tinte y me puse a dieta para que mi figura no delatara mi condición de esposa y madre.

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Ahora, con los cuarenta en el punto de mira y tras casi una década esforzándome por mantener una disciplina agotadora que me rejuveneciera, estoy preparada para mandar a paseo la juventud. ¿Por qué? Porque ya no me interesa. Ya estoy mentalizada para asumir quién soy y la edad que tengo. Una actitud muy "zen", ¿no crees?

Desde pequeñas, las mujeres intentamos alcanzar un absurdo ideal de belleza elaborado de manera artificial por la sociedad.

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Durante los últimos diez años, he hecho todas las dietas de moda. Abandoné las rosquillas por los productos sin gluten y, los fritos, por la dieta mediterránea. He exfoliado mi piel, me he teñido el pelo, me he depilado, hidratado y vuelto a depilar. También he estado practicando todo tipo de actividades físicas que agitaban mi tejido adiposo entre los límites de las tallas 38 y 42.

Con respecto a la ropa, lo he probado todo en un desesperado empeño por ocultar mi look de cuarentona y recuperar mi faceta más sexy. Finalmente, descubrí que ni los pantalones de yoga ni los maxi vestidos podían resolver mi verdadero problema: estaba insatisfecha con mi edad.

En realidad, nunca había aprendido a madurar con dignidad. Pasé de rellenar los sujetadores con calcetines a tratar de detener el tiempo. Por fin sé valorar lo que tengo a pesar de las imperfecciones que se manifiestan con los años.

Ahora me pongo pantalones de chandal. ¿Te lo imaginas? Dejo que mi pelo sea gris y tengo arruguitas y patas de gallo de tanto reír. Los michelines ya no me quitan el sueño y si las uñas se me quiebran con más facilidad, lo asumo como algo natural. Todavía no soy una anciana, pero sé que si dejo de esforzarme por evitarlo me sentiré mucho más relajada y capaz de disfrutar el presente a cualquier edad.

Como mujer, estoy convencida de que es verdaderamente sexy y enigmático cumplir años con gracia, preservando la autoestima y el encanto femenino. Dicen que los hombres se vuelven más interesantes con la edad. Y creo que esa afirmación también es válida para las mujeres y, por tanto, para mí.

Mi concepto de belleza ha evolucionado hasta la idea de que "menos es más". Menos maquillaje, menos adornos y ropa más discreta sin llegar a ser aburrida. Renunciar a la eterna juventud aporta una agradable sensación de libertad. Ya no me obsesiona mi estilismo ni trato de mantener todo el tiempo una postura corporal que me favorezca estéticamente.

Asumo los cuarenta con la actitud de una mujer segura de sí misma, viva, sexy e inteligente en todos los sentidos. Recupero el control de mis canas y mis líneas de expresión porque son parte de mí. Cuando mi marido me mira a los ojos, quiero impresionarle por mi habilidad para madurar con elegancia, como lo hace él.

Así que ya no intento parecer más joven. Los años de juventud quedaron atrás y la madurez me invita a afrontar los cuarenta con gracia y dignidad, como antes la afrontaron mujeres con la clase de Audrey Hepburn. Por supuesto, sigo tratando de controlar el volumen de mi cintura y me encanta pintarme los labios cuando la ocasión lo merece, pero se acabaron los absurdos intentos de aparentar veintitantos.