"Mi prometido no quiso casarse conmigo"

Le di un ultimátum, pero no funcionó.

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El 31 de diciembre me puse mi jersey nuevo de cashmere y me pinté las uñas de un color blanco que se llamaba "Intimacy". Mi novio, Eric, estaba a punto de venir.

Unos cuantos meses antes, le había dado a Eric, mi pareja desde hacía tres años, un ultimátum. Yo tenía 33 y estaba desesperada por casarme y tener hijos. Si él no estaba dispuesto, debía dejarme ir. Tenía hasta final de año. Y ese era el último día del año.

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Abrí la puerta de mi apartamento. Eric estaba ahí, de pie, con la cara desencajada: "No estoy preparado", dijo con los ojos llenos de lágrimas.

"Entonces vete" le dije con un nudo en la garganta, avergonzándome de mis preciosas y ridículas uñas nuevas.

"Pero tú eres mi familia", me contestó.

"No lo entiendo", le dije yo.

Habíamos pasado el último año en terapia de pareja. Habíamos estado mirando apartamentos y anillos juntos. Habíamos incluso estado en una clínica con otras parejas para hablar sobre nuestros sentimientos.

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Eric estuvo horas intentando explicarme cómo se sentía. Pero habíamos hablado de esto tantas veces, que yo ya lo tenía claro. O quería casarse conmigo o no.

"Yo quiero querer casarme contigo", dijo él.

"Eso no es suficiente". Y le pedí que se fuera, otra vez.

En lugar de irse, se sentó en el sofá, me cogió de la mano, y me hizo la proposición con una voz temblorosa. Le miré a los ojos, sabía que eso no era lo que él quería, pero tenía tantas ganas de casarme, que no le paré. Después, llamamos a nuestros padres para compartir la noticia con ellos, se giró hacia mí y me dijo, "Necesito sentirme alegre antes de darte un anillo".

Le preparé un baño esa noche y le puse una copa de whisky. Al día siguiente, me dijo que se sentía feliz, como un niño cubierto de caramelos.

Bueno, vamos a por ello, pensé.

Dos meses más tarde, Eric me dijo que sentía que éramos más como hermano y hermana, que amantes. Y yo no entendía nada. Yo sentía atracción sexual por Eric, que es algo que definitivamente no me pasa con mis hermanos.

Nuestra terapeuta nos recomendó a una sexóloga que nos dio unas pautas de comportamiento en las que incluía los "toqueteos". Puaj.

Otra vez, me senté y esperé.

Los meses pasaban y pensaba que estábamos trabajando hacia un mismo lugar y con un mismo objetivo. Estábamos poniendo de acuerdo nuestros puntos de vista (o eso pensaba yo) y haciéndonos más fuertes. En algún momento me daría mi anillo, pondríamos una fecha y todo funcionaría.

Un día, en el cumpleaños de su sobrino, estaba en la cocina preparando algo cuando, a través de la ventana, vi a todos los niños jugando y saltando en el jardín. Se me llenaron los ojos de lágrimas, y me di cuenta que eso era lo que yo quería. Quería lo que ellos tenían. Quería una familia. Quería sentirme "la elegida". Quería relajarme y dejar de luchar. Quería que Eric me quisiera y que quisiera lo mismo que yo quería.

Fue entonces cuando la hermana de Eric entró en la cocina para presentarme a un amigo. Dijo: "Esta es Kimberlee, la… ¿cómo te llamo?, ¿novia?". Unos minutos más tarde estaba escondida en el cuarto de invitados, temblando. Había pasado más de un año desde que Eric me dijo que nos casáramos. Iba a cumplir 35 e íbamos a hacer 5 años juntos. No podía más. No podía esperar a que apostara de una vez por nosotros.

El día que rompimos, mi madre y mi hermano me llevaron a comer y vimos una comedia en el cine. Pensaba que necesitaba reírme un rato. Cuando el protagonista le propone matrimonio a su pareja, con una caja sin anillo, me eché a un lado y sollocé.

Al menos ella tenía una caja vacía.

Vía GoodHouseKeeping